El castillo de la Boca
Este conocido palacio, en
el centro de la Boca, ubicado en la calle Benito Pérez Galdós al 300, es
conocido por un mito que le dio origen a la torre, al ser llamada "la
torre del fantasma".
Según cuenta la leyenda,
vivía una bella pintora llamada Clementina. En una ocasión, un periodista fue
para hacerle una entrevista y tomó algunas fotos de sus obras. Cuando el
periodista reveló las fotos encontró figuras de duendes emergiendo en los
cuadros y entre los muebles.
Intrigado por el hallazgo, volvió a
buscar a Clementina para contarle sobre lo que había sucedido, pero ella se
negó a recibirlo. Días después, los vecinos escucharon un disparo que provenía
de la casa de la pintora. Cuando la policía llegó al lugar, no encontró rastros
de ella. Nunca más se supo nada de Clementina.
Aunque pasó el
tiempo, se cree que el fantasma de la joven aún merodea por las habitaciones de
la torre. "Hubo gente que asegura haber escuchado ruidos, llantos y
hasta incluso haber sentido su presencia", contó un vecino.
El palacio los bichos en Villa del
Parque
Este llamativo
palacio de Villa del Parque fue construido por el ingeniero Muñoz González a
principios del siglo XX. Según cuenta la leyenda, un aristócrata italiano de
apellido Giordano ordenó que se levante el castillo como regalo para su hija
Lucía, quien estaba por casarse con el violinista Ángel Lemos.
La fiesta se realizó
en el palacio y allí es donde se dio la tragedia: cuando los novios se iban en
un coche a caballos y los invitados los saludaban desde los balcones, un tren
los atropelló y les causó la muerte. El padre de la novia cerró la mansión y
volvió a Italia, pero eso no sería todo, ya que, con el correr de los años,
todos los negocios que se intentaron realizar en el lugar fracasaron.
Hoy, los
vecinos de Villa del Parque afirman que los fantasmas rondan la zona y que
incluso se escuchan gritos y bailes espectrales.
Iglesia de Santa Felicitas
Una historia de amor
y tragedia que gira en torno de la iglesia de Santa Felicitas, ubicada en
Barracas.
Felicitas Guerrero
de Álzaga, quien a mediados del siglo XIX sólo tenía 15 años, se casó con
Martín de Álzaga, un rico hacendado de edad avanzada que murió 11 años más
tarde.
Con sólo 26 años,
heredó una gran fortuna, la que, sumada a su belleza, le trajo numerosos
pretendientes. Los principales fueron Enrique Ocampo y el estanciero Sáenz
Valiente, quien finalmente fue elegido por la joven.
Sin embargo, esto generó la ira de
Ocampo, quien luego de discutir con Felicitas la asesinó el 30 de enero de
1872.
Tras la tragedia, la
familia de la joven construyó la iglesia en su honor. Y la leyenda dice que
cada 30 de enero por la noche, el fantasma de Felicitas con un vestido blanco
llora de dolor entre las rejas del templo.
Palacio Noel
Este palacio de
Retiro donde hoy funciona el Museo Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco, era
el Palacio Noel. Fue construido sobre los terrenos en los que antes, en el
siglo XVII, funcionaba una compañía importadora de esclavos.
En esa época el comercio
de personas que eran traídas a la fuerza de África era muy común, y este era
uno de los lugares que se encargaban de este cruel negocio. En sus terrenos,
los esclavos se encontraban días y días hacinados, encadenados y sin comida ni
ningún tipo de higiene, esperando que alguna de las familias adineradas de la
ciudad los comprara.
Eso no es todo:
posteriormente, la misma zona fue utilizada para montar un cementerio destinado
a los ingleses afincados en Buenos Aires y sus descendientes. Aquella necrópolis
fue luego trasladada, pero sólo se llevaron las lápidas, por lo que las viejas
tumbas quedaron en el lugar.
Hoy en día, algunos
afirman que aquellas viejas almas en pena continúan vagando en la zona y hasta
afirman que se escuchan llantos.
Casa de los leones
Ubicada en la calle
Montes de Oca al 100, esta casona perteneció a Eustaquio Díaz Vélez, un
terrateniente muy importante en Buenos Aires a fines del siglo XIX y que estaba
fascinado por estos mamíferos.
El mito urbano cuenta
que por los jardines de la casa los feroces animales andaban libres y un
día, mientras festejaban el compromiso de la hija de Díaz Vélez con su novio,
uno de los leones atacó y mató al pretendiente. La joven, por su parte, no pudo
soportar el dolor y se suicidó. Más tarde, y caído en un pozo depresivo, Díaz
Vélez se deshizo de sus leones, pero pidió que tallaran sus cabezas en piedra
sobre las arcadas de las puertas de la mansión, algo que incluso hoy en día se
mantiene.
La leyenda dice que
los fantasmas de la joven pareja permanecen en el lugar, penando por su injusta
muerte.
La dama
de blanco
El
joven dobló por la calle Juncal, como todos los últimos sábados por la noche.
Desde que Lucía lo había dejado, se había vuelto su recorrido habitual. El aire
que salía de su boca se convertía en humo al encontrarse con el frío de agosto.
Al llegar a la esquina de Junín, algo lo motivó a cambiar de rumbo y unos
metros más adelante, vio a una muchacha. Llevaba un vestido de un blanco
radiante. El joven no pudo frenar el impulso de invitarla a tomar algo y darle
su abrigo para protegerla. Entraron a “La Biela”, un bar tradicional del barrio
de Recoleta.
Eligieron
ubicarse junto a la ventana, alejados de la gente. Él le quitó el sobretodo a
la muchacha, dejando la blancura del vestido nuevamente al descubierto, y le
acercó la silla en un gesto de caballerosidad. Se sentaron enfrentados
manteniendo la distancia que exigía la mesa.
Él no sabía con qué tema empezar la
conversación. Tenía miedo de quedar en ridículo o espantarla. Se le ocurrió que
la música era un buen tema. Así se enteró de que a ella le gustaba la música
clásica y sabía tocar el piano. Cuando les trajeron el café supo su nombre: Luz
María.
El joven notó que los
hombres que estaban en el bar los miraban y murmuraban. No le pareció extraño
siendo Luz María tan hermosa. Él se ofreció a acompañarla hasta la casa y en el
puesto de flores de la calle Posadas, le compró un ramo de rosas. En el umbral
de la puerta, entre miradas y sonrisas, la besó. Sintió un escalofrío y volvió
a su casa pensando en ella.
Al día siguiente, decidió sorprenderla. Tocó
el timbre de su casa y una señora mayor le abrió la puerta. Él le preguntó por
Luz María y, entre llantos y gritos, recibió una respuesta inesperada. Su dama
de blanco había muerto treinta años atrás.
Corrió al cementerio sin poder creer en las
palabras de aquella mujer. Los nombres escritos en las lápidas le lastimaban
los ojos. Su desesperada búsqueda llegó a su fin frente al nombre de Luz María
grabado en el mármol. Cerró los ojos porque ya no quedaba nada por ver. Cuando
el vacío del mundo se había hecho más grande, el aroma de las rosas se hizo
presente y el joven volvió a sentir el mismo escalofrío de la noche anterior.
El sereno del
Cementerio de La Recoleta declaró que era habitual, desde hacía treinta años,
ver pasear a Luz María vestida de blanco los sábados por la noche.
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